El viernes 7 de mayo a las 23:50 hrs. nuestra querida hermana IÑIGA MARIA GISLER entregó su vida en las manos del Padre a moroso a los 97 años de vida y 76 años de profesión religiosa.

Extractos de sus datos autobiográficos:

"El 30 de agosto de 1912 nací en Altdorf, cantón Uri, Suiza, como penúltima de 5 hermanos y en el bautismo recibí el nombre de Paula. Mi papá, Federico Gisler, canciller del cantón Uri y mi madre Magdalena Ferrer, se preocuparon asiduamente de nosotros para proporcionarnos una niñez sin mayores preocupaciones en aquellos pesados años de la primera guerra mundial.

A los 7 años empecé a frecuentar la escuela primaria donde las Hermanas franciscanas del claustro San Carlos Borromeo de mi pueblo. Alos 9 años, cuando el Señor Eucarístico hizo su primera entrada en mi alma, despertó en mí fuertemente el deseo de pertenecerle exclusivamente a El, anhelo que se acentuó al entrar en contacto con las hermanas de la Santa Cruz.

El 15 de mayo de 1924 fui confirmada. En este mismo año, Santa Teresita del Niño Jesús me salvó de la muerte, después de un mes de hospitalización por peritonitis. Esta enfermedad y una segunda operación influenciaron en la transformación de mi manera de ser egoísta, iracunda y voluntariosa.
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A LOS 97 AÑOS DE EDAD,
FALLECIO LA HNA. IÑIGA MARIA GISLER
QUIEN FUE DIRECTORA DE NUESTRO COLEGIO
De 1925 a 1927 estudié en la escuela secundaria en el internado María Vom Berg, de la congregación de la Santa Cruz. (…) Mi hermana mayor, María, se consagró al Señor Jesús en 1926 en el convento de Menzingen, bajo el nombre de Hna. Magda María. Por mucho tiempo no me sentía a gusto en el internado. Tenía nostalgia por nuestras montañas abruptas y el lago de Los Cuatro Cantones.

El 2do. domingo de Pascua de Resurrección, después de haber obtenido el título de profesora de secundaria, solicité entrar al postulantazo de la congregación y fui aceptada el domingo "in albis". Luego me enviaron a Neu St. Johann, al sanatorio para niños en peligro de tuberculosis. Después me envió el Señor al internado de "María vom Berg" para enseñar en cursos de comercio donde hice los primeros ensayos y fracasos en dictar clases.

Después de cortas vacaciones entramos el 05 de septiembre de 1932 al noviciado y me dieron el nombre de Iñiga María. Era la inolvidable primavera de nuestra vida religiosa. El 05 de septiembre de 1933 hicimos nuestra primera consagración a Cristo Rey. El día después de la profesión me mandaron a Bulle para perfeccionarme en francés e inglés.

Tuve que esperar 2 largos meses para que me dieran permiso para viajar a algún país de misiones. A comienzos de noviembre pude hacer mis últimas vacaciones con mis papás y hermanos. Hicimos un viaje a Einsiedeln para pedir a la Virgen gracias por mi familia y por el futuro viaje de 40 días en vapor.

El 20 de noviembre de 1933 nos despedimos de la Casa Madre con la cual me había encariñado. Nos embarcamos el 25 de noviembre en Hamburgo, junto con 8 hermanas de Altötting. Después del feliz viaje, nos condujo la voluntad de Dios el 04 de enero a Victoria, a la casa provincial. Ya en marzo tuve que empezar a dar clases de francés. En este mismo año me enfermé de difteria. Gracias a las oraciones de las hermanas y alumnas, sané y pude presentar a las alumnas a los exámenes."


Así relata la Hna. Iñiga María sus primeros años de infancia y juventud.

Habiendo dejado atrás su familia y su patria, la Hna. Iñiga María inicia una larga trayectoria de labor pedagógica en nuestra provincia religiosa, como profesora de idiomas. Su primer puesto por dos años fue Victoria (1934-1935), y luego trabajó en el Colegio Santa Cruz de Temuco por casi 27 años. Tres años después, asumió la dirección en Liceo Santiago, actual Colegio Santa Cruz de la capital.

Eran los años 60, época en la que todavía la mayoría de las profesoras de los colegios Santa Cruz eran religiosas. La Iglesia de Santiago organizó en 1963 la Gran Misión para llegar a todos los rincones de la arquidiócesis. La Hna. Iñiga María colaboró decididamente permitiendo, en pleno año escolar, que la mayoría de las hermanas asistieran a la preparación que se daba por las noches, a laicos, sacerdotes religiosos y religiosas.
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A las hermanas de la Santa Cruz les correspondió el Cajón del Maipú, a lo largo del cual se repartieron de dos en dos en los diferentes pueblitos para visitar las familias y reunirse por la tarde en torno a la radio para escuchar el tema y compartirlo después en grupo. Mientras tanto, la Hna. Iñiga María se hizo cargo de todo el colegio con tres hermanas y las pocas profesoras laicas que había entonces. Esto habla de su espíritu abierto a la realidad que hay que evangelizar más allá de los muros del colegio, y de su capacidad para organizar y motivar el trabajo en un clima de libertad y, al mismo tiempo, de disciplina y orden, favorable al estudio tranquilo y sosegado. Gracias a sus carácter ecuánime y respetuoso, la Hna. Iñiga María no necesitaba levantar la voz para dirigir.

Más tarde vuelve al Colegio Santa Cruz de Temuco por dos años y, finalmente se va a entregar sus energías y dones al Colegio de Humanidades de Villarrica, donde permaneció 27 años. Los tiempos habían cambiado. La mayoría de los profesores eran laicos. En equipo con la Hna. Dolorosa y Arcadia, siguieron creando un clima de dedicación a los alumnos y alumnas, de orden y disciplina en pos de las metas educativas. Llegando el momento de dejar la dirección del colegio, no dudó en dejar la gestión en manos de un laico, confiando en sus competencias y brindándole todo su apoyo.

Desde fines de enero de 1994 se encontraba en reposo en la Casa Provincial en Temuco. Llevaba sus pasados años en la educación, en sus recuerdos y en sus conversaciones. No perdió el contacto con algunas ex alumnas y, mientras sus condiciones se lo permitieron, se mantuvo siempre interesada por el desenvolvimiento del Colegio de Humanidades que llevaba en el corazón y en sus oraciones.
Sus últimos años de ancianidad los vivió rodeada de las atenciones del personal de la enfermería y de la compañía de la Hna. Arcadia con quien había compartido tantas experiencias.

Querida Hna. Iñiga María, que el Señor bondadoso, a quien te entregaste poniendo al servicio de los niños y de los jóvenes todos los talentos recibidos, te acoja en su reino y te haga gozar de su eterna presencia.

Descansa en paz.

Hna. Jacinta Leonelli. Temuco, 09 de mayo de 2010.